22.9.06

HITOS EN LA DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO ARTÍSTICO SEVILLANO

Fechas claves en esa destrucción (dejando aparte fenómenos naturales a nadie directamente imputables como incendios, inundaciones o terremotos) son:

1810: Ocupación francesa de la ciudad, que so pretexto de modernizar y abrir plazas y espacios públicos derriba dos parroquias mudéjares (Santa Cruz y La Magdalena) y el convento de monjas agustinas de La Encarnación además de ocupar conventos para usarlos como cuarteles y cuadras, con el consiguiente destrozo.

1835-36: Desamortización de Mendizábal, que declara extinguidos, con algunas excepciones, todos los monasterios, conventos, colegios, congregaciones y demás casas de religiosos de ambos sexos, adjudicándose el Estado sus bienes y ordenando su venta (Decreto de 9 de marzo de 1836). Sin entrar a valorar la oportunidad, necesidad o urgencia de las medidas desamortizadoras no cabe duda de que cuantitativamente es el atentado más tremendo al patrimonio histórico-artístico de toda la historia. Serían innumerables los ejemplos citando sólo como muestra la desamortización de la Casa Grande de la Merced (hoy felizmente Museo), la Cartuja de las Cuevas y los conventos femeninos de Pasión y Santa María de Gracia (dominicas), de Belén (carmelitas), Dulce Nombre y Nuestra Señora de la Paz (ambos de agustinas y hoy conservados como sede canónica de cofradías) y los de San Miguel y Justa y Rufina, ambos de franciscanas concepcionistas.

1868: Revolución de septiembre, que aparte de algunas capillas (sirva de ejemplo la de los marineros de calle Pureza) y algunos conventos femeninos como el de Santa María de las Dueñas (cistercienses), el de la Purísima Concepción (franciscanas concepcionistas), el de la Asunción (mercedarias) y el de Consolación (mínimas) también se llevó por delante, como más significativo, la parroquia de San Miguel (mudéjar) y el Oratorio de San Felipe Neri, templo de los más ricos en patrimonio artístico y espiritual y de los cuales sólo nos queda su recuerdo en el nomenclátor de sus respectivas calles. También las murallas y la mayor parte de las puertas de la ciudad cayeron bajo la fiebre revolucionaria.

1931-32: Segunda República española, cuya proclamación fue "celebrada" por grupos de incontrolados quemando la capillita del señor San José y el colegio jesuítico de Villasís, asaltando asimismo el Buen Suceso e impidiendo la fuerza pública mayores desmanes (sucesos de mayo de 1931). En 1932 la ola anticlerical y pirómana vuelve a actuar esta vez quemando San Julián en el mes de mayo perdiendo la cofradía de la Hiniesta sus imágenes primitivas.

1936: Inicio de la Guerra Civil, el dieciocho de julio, con incendios de edificios religiosos siendo un caso muy significativo San Julián, que ardió por segunda vez en pocos años, Santa Ana, San Gil, Omnium Sanctorum, San Juan de la Palma, San Román, San Roque, San Bernardo, San Marcos, Santa Marina, Montesión, Las Salesas, La O, San Bernardo, convento de San José de mercedarias y la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, sumando un total de dieciséis edificios religiosos quemados o saqueados.

Cada una de estas fatídicas fechas dejó su huella en la destrucción y derribo de iglesias y conventos, que antes sólo hemos bosquejado perdiéndose un patrimonio por desgracia ya irrecuperable. Pero no sólo estos sucesos revolucionarios han contribuido a la desaparición de parte de nuestro rico patrimonio. Hay que añadir la especulación tremenda del suelo en los años del desarrollismo (década de los años 1960) en los cuales y supeditadas las decisiones políticas urbanísticas a fuertes intereses económicos aún no explicados del todo desaparecen también muy importantes edificios, en este caso la mayoría de carácter civil como la casa-palacio de Miguel Sánchez-Dalp y la de los Solis en la plaza del Duque junto a la de los Condes de Gelves en la plaza de la Magdalena sobre cuyos solares hay hoy día centros comerciales y barrios como San Julián que cayeron en gran parte bajo la piqueta. Si en la primera mitad del S. XX era frecuente ver a Alcaldes y autoridades varias empuñando la piqueta para iniciar obras de derribo, dejándose fotografiar como el cazador que se fotografía junto a su presa, hoy este espectáculo resulta imposible y ninguna autoridad alardearía de haber comenzado el derribo de un bien inmueble.

Pero todo no es de color negro. La aparición en nuestros días de asociaciones dedicadas a la defensa y divulgación del Patrimonio están haciendo una gran labor en evitar desmanes como los relatados, lo cual unido a la gran preocupación de los ayuntamientos democráticos por estos temas y por las instituciones públicas que han invertido e invierten cantidades muy importantes en procesos rehabilitadores (léase Junta de Andalucía, Diputaciones, Ayuntamientos) han hecho resurgir de sus cenizas edificios que se daban por perdidos. La Expo del 92 dio un fuerte impuso al proceso restaurador que ya venía con fuerza de algunos años atrás. La Cartuja de las Cuevas (conjunto monumental feliz aunque polémicamente restaurado y puesto posteriormente en uso), Hospital de las Cinco Llagas, Palacio de San Telmo, Casa de Mañara, Palacios de Altamira y de los marqueses de la Algaba, Casa de las Columnas y de las Sirenas, Museo de Bellas Artes, monasterio de San Jerónimo, convento de los Terceros, parroquias como San Isidoro, San Andrés, San Bartolomé, Magdalena, San Lorenzo, San Vicente y otras que están en fase final como San Román y barrios casi enteros como San Bartolomé, el propio Ayuntamiento de Sevilla y algunos edificios más en los que iniciativa privada ha tomado la responsabilidad de restaurar como el Hospital del Pozo Santo o el de Venerables lucen hoy con un esplendor que se daba por perdido. El ejemplo ocurrido con el segundo templo de la ciudad, el del Salvador, en el que todas las administraciones han reaccionado ofreciendo su colaboración al tener que cerrarse al culto por peligro para los fieles, es significativo de la conciencia que hoy existe sobre la importancia de la conservación de nuestro patrimonio.
Jesús Luengo Mena