20.10.09

LAS OBRAS DE MURILLO EN SEVILLA II


Siguiendo con el artículo anterior, nos dirigimos hoy al Museo de Bellas Artes sevillano, concretamente a su Sala V (antigua iglesia) y Sala VII (Planta alta). El Museo provincial de Bellas Artes es el edificio que más obras –veintitrés– alberga de Murillo en nuestra ciudad. La procedencia de los cuadros es fundamentalmente de dos conventos se­villanos: el de Capuchinos y el de San Agustín (hoy ya desaparecido).
Del convento de Capuchi­nos, que se conserva en la Ronda de su nombre, proceden la mayoría de los lienzos del Museo, lienzos que con la invasión francesa fueron sacados de Sevilla para evitar su envío a Fran­cia, concretamente a Gibraltar, estando antes un cierto tiempo depositados en la catedral. Volvieron los cua­dros a Sevilla pero la desa­mortización afectó al con­vento, quedando ya definitivamente los cuadros en el Museo, excepto unos pocos de los que más adelante ha­remos mención. Los cuadros procedentes de Capuchinos formaban parte del retablo mayor y de retablos latera­les, dedicados a santos de la Orden. Lienzos tan conoci­dos y reproducidos como La Adoración de los pasto­res o Santa Justa y Rufi­na proceden de allí. No puede faltar un San Anto­nio con el Niño y San Fé­lix de Cantalicio con el Ni­ño, obras todas ellas que re­suman dulzura y ternura. Con todo, quizás una de las obras más populares sea la llamada Virgen de la Servi­lleta, así llamada por existir la devota leyenda de que fue pintada en un servilleta o se­gún otras versiones porque un fraile le pidió que le hicie­se una copia en dicha tela.
No podernos dejar de citar a su San Francisco abra­zando al Crucificado y a la que en confesión del propio Murillo era su obra preferida: Santo Tomás de Vlllanue­va dando limosna, obra impregnada de humanidad con detalles verdaderamente emotivos como del niño que enseña a su madre las mone­das que el santo acaba de darle.
Del desamortizado convento de San José, de mercedarios descalzos, procede una Virgen con el Niño.
Del extinguido convento de San Agustín posee el Museo tres obras, las tres con San Agustín de protagonista y del desaparecido convento de San Francisco una Inmaculada denominada La Colosal o Concepción Grande por su tamaño y que hoy preside el testero de lo que fue la iglesia del convento mercedario.
Otras dos Inmaculadas completan la serie inmacula­dista que del pintor posee el Museo: se trata de la Inma­culada Niña y La Inma­culada con el Padre Eterno. De todos es cono­cido el fervor inmaculadista sevillano en el S. XVII por lo cual no es de extrañar que proliferasen sus representa­ciones dado que no hubo iglesia, convento, particular acaudalado o institución que no poseyese este tema entre sus cuadros. Restan por citar otras dos obras de Murillo: un San Jerónimo adquiri­do por el Museo –1972– y La Dolorosa, único cuadro cedido al Museo por un particular para su exhibición –lo cedió la Marquesa de Larios–.
Una vez visitado el Museo, el amante de la obra de Murillo deberá dirigir sus pasos a la Catedral, en la cual hallará dieciséis obras su­yas. En primer lugar puede visitar la Sala Capitular, que nos ofrece una Inmacu­lada, que por la gran altura a que está colocada no puede apreciarse con detalle y ocho tondos representando santos y santas vinculados a Sevilla reconocibles entre otros detalles por tener sus nombres. Con respecto a la Inmaculada diremos que de todas las que pintó Murillo es la única que permanece en el sitio para el que fue pintada.
De la Sala Capitular nos dirigimos a la Sacristía Mayor donde encontraremos dos extraordinarios re­tratos que representan a dos santos arzobispos de Sevilla: San Leandro y San Isidoro (este úl­timo con barba) y que es fa­ma que eran retratos de dos personajes conocidos y vin­culados al Cabildo Catedral (Alonso de Herrera y el li­cenciado Francisco López respectivamente).
Pero sin lugar a dudas es el cuadro de San Antonio de la Capilla Bautismal la pieza más conocida y al mis­mo tiempo más meritoria de todas las que de Murillo con­serva la Catedral. Este lien­zo, de grandes dimensiones, fue –y sigue siendo– muy ad­mirado y no debe cabernos duda de que gracias a su gran tamaño aún lo conser­vemos. Diversos avatares ha sufrido la pintura, no siendo el menor el robo de que fue objeto la parte del lienzo correspondiente a la figura del santo en 1874 y que fue re­cuperada en un anticuario de Nueva York un año des­pués, devuelto el trozo y fe­lizmente restaurado. Fijándonos con atención podremos apreciar la huella dejada al reponerlo. Remata el cuadro otro lienzo de Mu­rillo que representa El Bau­tismo de Cristo, tema a propósito del destino a que se dedica la capilla.
Para finalizar la visita catedralicia nos quedarían por ver otros tres Murillos que, aunque están en el templo, no fueron pintados expresamente para el mis­mo. Se trata del muy vene­rado Ángel de la Guarda (regalo de la comunidad de frailes capuchinos en agra­decimiento por haber el Ca­bildo guardado cierto tiempo las pinturas de su convento), un retrato de San Fernan­do y un retrato de La Vene­rable Madre Dorotea de es­caso interés por ser copia de otro retrato ya existente.



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5.10.09

LA OBRA DE MURILLO EN SEVILLA I

Vamos a dedicar varios artículos para dar a conocer la obra de Murillo que permanece en Sevilla.
Bartolomé Esteban Muri­llo, nacido en Sevilla y bautizado en el mes de enero de 1618 en la parroquia de la Magdalena, que estuvo situada en el lugar que actualmente ocupa la plaza del mismo nombre, vi­viría prácticamente toda su vi­da en nuestra ciudad, en la que falleció en 1682, siendo vecino del barrio de Santa Cruz. Fue enterrado en la parro­quia del mismo nombre, también desaparecida, de la cual tomó la denominación la actual plaza perdiéndose sus restos mortales con el derribo.
En rigor, toda la pintura de Muríllo debe ser conside­rada de Sevilla, por haberla pintado aquí en su mayoría para iglesias y conventos se­villanos. Sin embargo el mo­tivo del presente artículo es el de ocuparnos de los cuadros de Murillo que aún que­dan en nuestra ciudad, que rondan los 50, cantidad que puede equivaler aproxima­damente a una octava parte de toda su producción conocida.
La popularidad de Murillo hi­zo que no hubiese museo o coleccionista importante que no quisiera contar entre sus cuadros con algún Murillo, siendo sus lienzos objeto prioritario en adquisiciones. Con todo, fue en la ocupa­ción francesa cuando Sevi­lla, debido a la rapiña a que la sometió el funesto Maris­cal SOULT, perdió parte de su riqueza pictórica y espe­cialmente cuadros de Muri­llo. Iglesias como la de San Jorge (del Hospital de la Santa Ca­ridad) o Santa María la Blanca perdieron para siempre obras del inmortal pintor, que confiscadas por el citado mariscal –al que no se puede negar su buen gus­to– fueron llevadas a Francia, regresando posteriormente algunas a España que se quedaron en Madrid y no re­gresando las más, pudiéndo­se hoy día contemplar en Museos extranjeros o colec­ciones privadas.
El motivo principal de que solamente conservemos una parte mínima de la obra de Murillo en nuestra ciudad se debe a la propia fama que Murillo tuvo entre sus coetá­neos y a la gran estima de su pintura que le mantuvo has­ta la primera mitad del S. XIX en un lugar de privile­gio, llegando a ser el pintor más universalmente conoci­do de toda España, superan­do incluso en popularidad a Veláz­quez. Tras un periodo en que se le minusvaloró, hoy día vuelve a tener un lugar preeminente en la historia de la pintura, debido en parte a la reivindicación de su obra que hizo Diego An­gulo con la publicación de su monumental obra sobre "Murillo".
A pesar de los avatares ya citados aún nos quedan en la ciudad un número importan­te de sus obras, tanto por ca­lidad como por cantidad. El amante de la pintura de Mu­rillo que quiera admirar su obra en nuestra ciudad debe dirigir sus pasos fundamen­talmente a estos tres lugares: Mueso de Bellas Artes, Cate­dral hispalense y Hospital de la Santa Caridad, concreta­mente a su iglesia y por ese orden.
Además de los lugares ci­tados, el fervoroso de Murillo puede contemplar dos cuadros suyos en el Palacio Arzobispal (La Virgen en­tregando el Rosario a Santo Domingo y La Inmaculada de Fray Juan de Quirós). Concretamente la primera de las obras citadas es tam­bién la obra más temprana conocida d el autor.
La iglesia de Santa Ma­ría la Blanca conserva también un cuadro de Mu­rillo, que representa La Ce­na, cuadro de una etapa tenebrista del pintor y en el que destacan las espléndidas cabezas de los Apóstoles y el propio Cristo. Esta iglesia contó con cuatro lienzos de Murillo pintados expresa­mente para decorar la iglesia y que fueron llevados a Francia, volviendo dos a Ma­drid (Museo del Prado) y res­tando las otras dos para siempre en el extranjero. Son pinturas que hacían re­lación con la advocación de la Iglesia y la fundación de la basílica homónima romana.
Por último, antes de dirigir­nos a los tres lugares citados como prioritarios para cono­cer los cuadros del pintor en Sevilla podemos admirar otro lienzo de Murillo que está en el Alcázar de Sevi­lla, titulado San Francisco Solano aplacando a un toro furioso. Para el profesor Valdivieso esta obra proce­dería del antiguo convento de San Francisco de Sevilla, convento que tuvo toda una serie de pinturas de Mu­rillo para decorar su claus­tro, narrando obras y mila­gros de frailes franciscanos y que también fueron confisca­dos y enviados a Francia. El hecho de que el cuadro cita­do no perteneciese a los co­locados en el claustro del convento pudo ser la causa de que aún esté entre noso­tros.
En un próximo artículo nos dirigiremos al Museo para conocer su colección pictórica murillesca.

30.9.09

EL ESCUDO DE SEVILLA








El escudo sevillano tiene su origen en la Edad Media, concretamente tras la conquista de San Fer­nando de la ciudad a los musulmanes en el año 1248.
Primitivamente el escudo de Sevilla debió ser el escudo de Castilla y León. Al morir San Fernando en el año 1252, su hijo y sucesor Alfonso X el Sabio hace poner la figura de su padre en el centro del escu­do y posteriormente se le añaden los dos hermanos y santos obispos San Isidoro y San Leandro (vivieron entre el siglo VI y VII). Estos son pues los personajes que componen nuestro escudo: San Fernando al centro, sentado en un trono y con espada y a ambos lados los obispos de época visigoda Isidoro y Leandro, ambos figuras dentro de la cultura de su época, especialmente Isidoro que fue uno de- los personajes más cultos de su tiempo y compendió todo el saber de su momento en su obra «Las Etimologías», verdadera enciclopedia medieval.
Además de estos personajes, el escudo va rodeado de una cinta en la que constan los TÍTULOS honoríficos que la ciudad ha reci­bido.


Estos Títulos son: MUY NOBLE, MUY LEAL, MUY HEROICA, INVICTA y MARIANA.
El Título de MUY NOBLE se lo concedió a la ciudad el rey San Fernando, por haber repoblado la ciudad con caballeros de “lina­je, guerreros y cristianos viejos”.
MUY LEAL le fue otorgado por el rey Juan II al defenderle del bando de su rival el Infante don Enrique.
MUY HEROICA lo recibió la ciudad por el rey Fernando VII, en premio al heroísmo de Sevilla en la Guerra de la Independencia contra los franceses (Sevilla fue por poco tiempo capital de España, por estar Madrid ocupada).
INVICTA es un título concedido por la reina Isabel II en premio a no haberse rendido la ciudad a las tropas de general Espartero, que la asediaron en 1843.
El último título de la ciudad es el de “ciudad de María», o sea, MARIANA, título concedido por el Ayuntamiento a propuesta de la Hermandad de San Bernardo, para recordar que Sevilla siempre se distinguió en la devoción a María, siendo Antonio Filpo Rojas su Hermano Mayor que lo propuso y el Ayuntamiento concedió el 22 de noviembre de 1946.


Además, nuestra ciudad tiene un escudete, el NO8DO, que en otra ocasión glosaremos.


17.9.09

LA CAPILLA DE SAN ONOFRE II

Un retablo importante es el dedicado al titular de la capilla, San Onofre –ermitaño del siglo IV, muy venerado por los cristianos coptos–. El retablo, situado a la derecha del retablo principal, es de estilo barroco. Fue comenzado por Díaz de la Cueva en 1599 y finalizado por Juan Martínez Montañés en 1606.
Preside el retablo la imagen de San Onofre, con su iconografía tradicional de eremita (anciano desnudo que se cubre con sus propios cabellos). Aparece arrodillado, en actitud orante. Es obra del citado Díaz de la Cueva. A sus lados hay pinturas al óleo sobre tabla, obras de Francisco Pacheco que representan a San Francisco, Santo Domingo de Guzmán, San Jerónimo y San Pedro Mártir. En el segundo cuerpo hay una imagen de la Virgen flanqueada por otras pinturas también de Pacheco, representando a Santa Ana, Santa María Magdalena, San Juan Bautista y un arcángel. En el ático aparece la cabeza de un querubín. En las calles laterales están representados San Sebastián y San Roque, que llevan a los pies los retratos de don Pedro de Cárdenas Sote y su hijo y al otro lado su escudo de armas. En el segundo cuerpo de las calles laterales, figuran sobre peanas las esculturas de San José y San An­tonio. Según la profesora Castillo Utrilla, este altar fue usa­do por la hermandad de la Virgen de la Consolación. En la azulejería del altar, encontramos representado el escudo de Armas de la familia Cárdenas Sotes, Patronos que la costea­ron.
Nos quedan dos altares por describir, uno hoy dedicado al Niño Jesús y otro a San Laureano.
El primero fue el destinado a albergar la imagen de Nuestra Señora de la Candelaria, talla de vestir del XVIII, cuyo sitio ocupa hoy la imagen de un Niño Jesús. En el ático la imagen de Dios Padre, que nos bendice con su mano derecha y apoya su mano izquierda en el mundo. En los laterales aparecen San Francisco y el escudo de las Cinco Llagas, propio de los franciscanos, emblema que se repite en la azulejería del frontal del altar.
El segundo retablo a describir es el dedicado al que fue obispo de Sevilla, San Laureano. El retablo es obra de Bernardo Simón de Pineda. En la hornacina central, flanqueada por columnas salomónicas pareadas , aparece la imagen de San Laureano con vestidura de obispo, iconografía que se completa en las calles laterales con relieves que representan escenas de su vida. Remata el retablo un altorrelieve representando a San Juan Evangelista en el momento de escribir el Apocalipsis.

25.7.09

LA CAPILLA DE SAN ONOFRE I

Vamos en un par de artículos dar a conocer la historia y patrimonio de la sevillana capilla de san Onofre.
La Capilla de San Onofre, antigua­mente llamada de las Ánimas, es el único resto que queda, junto con el ar­quillo del Ayunta­miento, del que antaño fue uno de los monasterios más impor­tantes de la ciudad, la llamada Casa grande del Con­vento de San Francisco, de la OFM (orden de frailes menores). Este convento ocupó lo que hoy es Plaza Nueva y aledaños y su fundación se remonta a 1249, bajo el reinado de don Alfonso X «El Sa­bio». El solar que ocu­pó la Casa Grande del Convento de San Francisco se extendía ocupando parte del solar que hoy ocupa el Ayunta­miento, prolon­gándose por la ac­tual plaza Nueva y la mayor parte de las manzanas de las casas que la enmarcan, incluyendo las manzanas comprendidas desde la Plaza Nue­va a la calle Albareda y ocupando la superficie total de la manzana donde hoy está el Hotel Inglaterra, –antes Colegio de San Buenaventura­­–, además de las manzanas com­prendidas entre las calles Joaquín Guichot y la prolongación de la calle Zaragoza.
El convento fue demolido en 1863, tras haber sufrido numerosos avatares (incendios, desamortizaciones, etc).
Uno de los pilares sobre los que se fundamentó la gran importancia del convento de San Francisco a lo largo de los siglos lo encontramos en la enseñanza, ocu­pando un destacado lugar las Cáte­dras en Teología, Escolástica, Mate­máticas, Geometría y Filosofía, que a lo largo de los siglos hicieron de aquel gran edificio el centro teológi­co e intelectual de la ciudad. Pero lo que más popularizó aquel gran cenobio fueron las más de cuarenta cofradías, hermandades y asociaciones piadosas que alberga­ba en sus diferentes templos, des­tacando entre las gremiales, la de los Sastres, de San Eligio, de los Plate­ros, Nuestra Señora de la Antigua y la de los Sederos. Entre las asocia­ciones piadosas, se encontraban, la hermandad de la Vera Cruz, de la Luz, de la Sangre, la Esclavitud de Belén, la del Pecado Mortal y la Cruz de las Animas.
La actual capilla de San Onofre era la sede canónica de una Hermandad de Ánimas, dedicada a rezar por las almas del Purgatorio, compartiéndola con otra hermandad, ésta de gloria, dedicada a la Virgen de Consolación. Ambas hermandades están actualmente extinguidas.
La capilla debió ser más amplia que la actual, ya que ha perdido los terrenos de lo que se llamó Hospital de Ánimas. Además, la capilla poseía coro alto a los pies y los hermanos poseían Sala Capitular y claustro propio.
En la actualidad la capilla pasa casi desapercibida en la acera de Plaza Nueva, ya que ha quedado integrada en los edificios que la rodean. Su dedicación actual como sede de la Adoración perpetua eucarística le ha dado un uso diario que la ha hecho ser mejor conocida.
La capilla de San Onofre posee una sola nave que se cubre con bóveda de cañón que sostienen arcos fajones y lunetos.
De los retablos que encontramos en su interior destaca el retablo mayor, obra barroca de Bernardo Simón de Pine­da de 1686. Lo preside una talla de la Inmaculada, obra anónima del siglo XVIII, flanqueada por imágenes de San Hermenegildo y San Fernando, del taller de Roldán. El camarín está flanqueado por columnas salomónicas y decorado con grandes pámpanos y motivos vegetales de gran tamaño combinados con cabezas de ange­lotes. Bajo el pedestal de la estatua que representa a San Fernando aparece la ima­gen en bajorrelieve en madera poli­cromada de San Lorenzo y bajo el pe­destal de la imagen de San Herme­negildo puede verse la imagen de San Antonio, tallada de bajorrelieve.
Remata el altar otro relie­ve en madera policromada que re­presenta la Circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo, coronado el retablo un relieve de medio cuerpo del Padre Eterno, que con su mano izquierda sostiene el mundo y con su mano derecha imparte su bendición. El altar aparece enmarca­do por motivos florales y cuatro an­gelotes. La azulejería del altar, re­presenta la escena de las Animas Benditas del Purgatorio

28.4.09

MÁS SOBRE EL PLANO DE LA CATEDRAL DE SEVILLA

El arquitecto mayor de la Catedral de Sevilla, Alfonso Jiménez, asegura que con el plano hallado casualmente el verano pasado en el convento de Bidaurreta (Oñate, Guipúzcoa), datado entre 1480 y 1498, el más antiguo que se conserva de este templo, podría volver a levantarse la Catedral de Sevilla.
Jiménez presentó a fines de abril de 2009 el libro «La traça de la Iglesia de Sevilla», fruto de las investigaciones que ha efectuado con la historiadora cántabra Begoña Alonso Ruiz sobre este hallazgo fortuito, un plano que calificó de «inagotable», del que ha sido «un milagro» que se conserve en tan buen estado y del que aseguró que arrojará nuevos datos históricos.
El plano certifica que los diseñadores originales del templo tenían previsto derruir la Giralda y el Patio de los Naranjos o de la antigua mezquita, lo cual ya se sabía porque la nervadura de una capilla próxima al minarete se interrumpían la mitad, lo que hace ver que no se contaba con el obstáculo de la torre almohade. También revela que la altura de las naves se redujo en seis metros sobre lo inicialmente previsto, cambios que seguramente se efectuaron a medida que avanzaba la obra, sin reflejo en planos, según explicó Jiménez.
En planta, el plano coincide a la perfección -no hay otra catedral gótica en el mundo con cinco naves, dos hileras de capillas y dos puertas en la cabecera-, además de que tiene inscripciones que sitúan la «Puerta del Perdón» y la «Capilla de la Antigua» y una inscripción en su reverso: «Traça de la iglesia de Seuilla».
Pese a tantas evidencias Jiménez ha descartado que se trate de una falsificación, con la marca de agua que conserva el papel, propia de finales del siglo XV, y ha estudiado hasta el modo de plegarlo, el mismo que se emplea en el archivo de la Catedral de Sevilla para otros papeles de la época. Begoña Alonso y Alfonso Jiménez han documentado todo el recorrido del plano desde Sevilla hasta Oñate, siguiendo los pasos de Juan López de Larrazaga, secretario de Fernando El Católico, contable de su esposa, la Reina Isabel, además de su albacea testamentario.
En 1499 los Reyes Católicos convocaron una reunión de las Cortes de Castilla en Sevilla, que se celebró en la Capilla de la Antigua de la Catedral y cuya organización correspondió a López de Larrazaga, quien sólo por esta tarea se embolsó 10.000 maravedíes (comprar para la eternidad una capilla de la Catedral costaba 6.000). Alonso y Jiménez están seguros de que el plano en papel que se ha conservado, copia del original, que se hacía en pergamino y que debió dibujarse entre 1433 y 1439, fue el utilizado por López de Larrazaga para organizar aquella reunión, tras la cual lo incluyó entre sus pertenencias al marchar a su tierra. En Oñate, Larrazaga mandó construir el Convento de la Trinidad de Bidaurreta, donde las monjas han conservado el documento cinco siglos, y el hallazgo surgió cuando una historiadora local incluyó una reproducción del plano en un libro suyo sobre Oñate que publicó en 1999, pero sin ningún pie ni anotación sobre su procedencia. Al ser detectada la reproducción del plano en este libro por la historiadora Begoña Alonso, enseguida lo comunicó a Alfonso Jiménez, de modo que ambos han efectuado las comprobaciones e investigaciones recogidas en el libro.
Fuente: Diario de Sevilla (25/04/2009)